Más allá de las barreras

Hace un año fui invitado a formar parte de un importante evento de recursos humanos en el que participaron, principalmente, ejecutivos de esta especialidad. Todos interesados en conocer casos de éxito, tendencias y buenas prácticas laborales. En aquella oportunidad me tocó ser el moderador de un panel referido al rol social de la gestión de recursos humanos, integrado por un abogado senior, perteneciente a un conocido bufete, y tres altos ejecutivos de empresas trasnacionales. Las ponencias estuvieron a la altura del evento, tanto en forma como en contenido. Al finalizar, como parte de las tareas que debía cumplir, hice una pregunta dirigida al panel, luego de tomarme la licencia de hacer una breve introducción.

El tema del que hablé fue sobre la discapacidad en el país y el pobre avance del empresariado para tener espacios de trabajo más justos e igualitarios. Empecé refiriéndome a la ley de personas con discapacidad y la reglamentación vigente, a los cerca de tres millones de ciudadanos con habilidades diferentes que hay en el país (especialistas me han confirmado que podrían ser más de cuatro millones), y a la ausencia de políticas o acciones concretas para incorporar estos talentos que forman parte de nuestra comunidad. Luego de una corta pausa, quien se animó a responder fue el abogado. Tomó el micro y presuroso, como quien tiene todas las respuestas, puntualizó sobre las precauciones que debían tener las empresas con los contratos de trabajo y las contingencias en caso de despidos injustificados. También subrayó la incompatibilidad de la ley con la realidad, por la falta de una base de datos suficiente, además de otras condiciones desfavorables para las empresas y que debían ser revisadas antes de dar paso a la fiscalización. De ahí uno de los ejecutivos narró la experiencia de su empresa, en la que había contratado a un grupo de personas con discapacidad, y destacó algunos episodios difíciles que les tocó vivir, lo que me pareció, por la falta de conocimientos y preparación organizacional. Sin embargo, hizo un importante énfasis en las buenas prácticas y en las políticas de igualdad y respeto a las personas que tenía su empresa a nivel mundial.

Esta experiencia puso fin a las sospechas que tenía. Tenemos mucho que hacer en el país en relación a la discapacidad y más aún en las empresas. Urge cambiar el chip de los ejecutivos, ¡y tiene que ser ya! La incorporación de personas con discapacidad en los puestos de trabajo es un deber ético y social, que trasciende el cumplimiento de una ley o el valor de marca de una empresa. Y ello solo será posible con líderes valientes (accionistas, directores y CEO´s) que no se guíen solo de los abogados sino que escuchen más a sus conciencias. Que tengan la capacidad de ver cómo las sociedades avanzadas rompen paradigmas en miras a la construcción de un mundo mejor: promoviendo la igualdad, la justicia y el respeto entre las personas. Los líderes en las empresas, los de verdad, tienen ese poder y está en sus manos trabajar con convicción para que sus equipos evolucionen como seres humanos y no se dejen llevar por el pesimismo, disfrazado de falta de información o circunstancias adversas. Poner en movimiento las mismas ventajas competitivas que usan para desarrollar productos innovadores, convertir crisis en oportunidades, atender nuevos segmentos, o crear cadenas de suministros en zonas inhóspitas; todo para vencer a la indiferencia social, en su rostro más vil, aquella que no da oportunidades de empleo a las personas con discapacidad. Negándoles de esta forma el derecho de asistirse por sí mismos, velar por los suyos y vivir con dignidad. Como es justo.